Los cuatro momentos en los que una empresa debería escuchar (y casi siempre solo comunica)

Casi todas las organizaciones tienen un plan de comunicación. Muy pocas tienen algo parecido a un plan de escucha.

Una organización encarga un estudio. Se hacen las entrevistas, se redacta el informe, se presenta en una reunión de dirección de hora y media. Todo el mundo dice que es muy interesante. El documento se guarda en una carpeta compartida y nadie vuelve a abrirlo. Seis meses después se toma una decisión importante sobre ese mismo asunto y nadie lo consulta, porque nadie recuerda qué decía.

No es un problema de método. Es que el trabajo se encargó sin saber qué decisión tenía que alimentar. Y ese es el patrón que vemos con más frecuencia: organizaciones con mensajes muy trabajados y muy poca información fiable sobre a quién se los están dirigiendo. Hay presupuesto para contarlo y no lo hay para preguntarlo.

Hay al menos cuatro momentos distintos en los que preguntar cambia una decisión. No son cuatro versiones del mismo trabajo: cambia el interlocutor, cambia el método y, sobre todo, cambia qué se desbloquea con el resultado.

Preguntar cuando ya está decidido no es preguntar

El primer momento es el previo. Es el que más se salta y el más rentable, y no aplica solo a instalar algo en un sitio.

Aplica a cualquier decisión que va a afectar a gente que no está en la sala: lanzar un programa, definir una estrategia sectorial, repartir un presupuesto público, abrir una línea de negocio, poner en marcha un plan que otras entidades tendrán que ejecutar. En todos esos casos hay un conjunto de actores con capacidad real de acelerarlo o de frenarlo, y casi siempre se les consulta cuando ya está firmado.

La escucha previa responde a preguntas que ningún informe interno contesta: qué se sabe ya del asunto y por qué canales ha llegado, qué precedentes pesan, quién tiene capacidad de bloquear o de acompañar, qué se considera un reparto justo antes de que nadie lo proponga. El resultado no es un documento tranquilizador, sino un mapa de riesgos y una lista de cosas que conviene decidir de otra manera mientras todavía se puede.

Cuando esto aplica a infraestructuras —parques eólicos, fotovoltaica, centros de datos, plantas industriales, minería— aparece siempre la misma palabra para despachar la oposición vecinal: NIMBY, not in my backyard, no en mi patio trasero. Es una etiqueta cómoda, porque en el momento en que se usa ya se ha decidido que no hace falta escuchar. Y lo que se despacha con ella casi nunca es una sola cosa: mezcla falta de información concreta, desconfianza acumulada por experiencias anteriores y una discusión real sobre quién asume las molestias y quién se lleva el beneficio. Las tres son gestionables y ninguna se gestiona igual.

La percepción no se queda quieta

El segundo momento es el más olvidado. Muchas organizaciones miden el clima una vez, al principio, y no vuelven a medirlo hasta que hay un conflicto abierto o una caída evidente.

Entre la decisión y su puesta en marcha pueden pasar años. En ese intervalo cambian los interlocutores, cambian las condiciones económicas, aparecen alternativas y se acumulan las molestias reales de cualquier ejecución. La posición de partida de alguien en el mes uno dice poco de su posición en el mes treinta.

El seguimiento continuo es más barato de lo que parece —sondeos breves y repetidos, conversaciones con actores clave, escucha de canales locales y sectoriales— y sirve para detectar el deterioro cuando todavía es reversible. Las crisis de aceptación rara vez estallan de golpe: llevan meses avisando en sitios donde nadie estaba mirando.

Lo que ya lleva tiempo funcionando también habla

El tercer momento no tiene que ver con territorios ni con oposición, y por eso suele quedarse fuera de esta conversación. Hay algo en marcha —un servicio recién lanzado, un programa formativo, una institución con veinte años de historia— y la organización necesita saber cómo se percibe realmente desde fuera.

Es un trabajo distinto: el interlocutor es el usuario o el ecosistema, no el entorno físico; el método se parece más a la investigación cualitativa que al mapeo de actores; y la decisión que desbloquea es de diseño y de posicionamiento — qué se mantiene, qué se corrige, qué se comunica de otra manera y qué se retira.

Es también el momento donde más se confunde escuchar con medir. Una encuesta de satisfacción con un 4,3 sobre 5 no dice nada útil: mide si la gente estuvo cómoda, no si le sirvió de algo, y desde luego no explica por qué quienes deberían estar usando algo no lo usan.

Los últimos a los que se pregunta

El cuarto momento es interno. La plantilla suele ser la primera en saber que algo no encaja -en un producto, en un proceso, en un mensaje que no se sostiene fuera- y la última a la que se consulta.

Tiene una dificultad añadida que es importante no maquillar: preguntar dentro de casa genera una expectativa inmediata de respuesta. Una escucha interna que no va seguida de decisiones visibles hace más daño que no haber preguntado, porque confirma la sospecha de que el ejercicio era casi maquillaje.

En una encuesta la gente contesta lo que cree que queda bien. En una conversación de hora y media deja de hacerlo. Por eso el método importa tanto como las preguntas. Lo relevante rara vez aparece al principio de una sesión. Suele salir en los últimos treinta minutos, cuando ya nadie está dando la respuesta correcta.

Ocho situaciones concretas en las que esto se encarga

En abstracto todo esto suena razonable y no le sirve a nadie. Estas son situaciones reales, del tipo que se plantean en una reunión de dirección un martes cualquiera:

  • Un centro tecnológico no entiende por qué las pymes de su entorno no llaman a su puerta. Tiene capacidades, equipamiento y proyectos. Lo que no tiene es información sobre qué imagen proyecta hacia el ecosistema al que debería servir.

  • Una institución va a lanzar un plan que otros tendrán que ejecutar. Vocaciones técnicas, empleo, suelo industrial, digitalización. Escuchar antes a las entidades que lo van a sostener cambia el plan y, sobre todo, cambia quién se compromete con él.

  • Una universidad o una escuela lanza un formato formativo nuevo. Las cifras de matrícula dicen que funcionó. Nadie ha preguntado a quien lo cursó si le sirvió para algo.

  • Un clúster o una asociación prepara su plan anual. Sabe qué piden los socios más activos, que son cinco. No sabe qué esperan los otros cuarenta, ni por qué se dan de baja los que se van.

  • Una empresa industrial estudia implantarse en un territorio nuevo. Necesita saber qué se va a encontrar antes de comprometer inversión, no después del primer titular.

  • Un producto o servicio B2B no despega y nadie sabe por qué. La respuesta no está en los clientes que compraron: está en los que se lo miraron y no compraron, que son a los que nunca se llama.

  • Una empresa ha crecido muy rápido y los procesos se le han quedado pequeños. Antes de rediseñarlos conviene saber dónde duele de verdad, y eso lo sabe quien los ejecuta cada día.

  • Una marca va a cambiar tras una fusión o un relevo generacional. Antes de decidir qué se conserva, hay que saber qué significa hoy el nombre para quien lleva quince años comprándole.

Si has reconocido la tuya, el trabajo que hace falta no es una campaña.

Un aviso: lo que la escucha no arregla

Conviene decirlo para no vender de más. Escuchar no convierte un proyecto mal planteado en un proyecto aceptable, no neutraliza una oposición que tiene razones de fondo, y no sustituye a negociar cuando lo que se discute es el reparto de un beneficio. Tampoco garantiza consenso: a veces el resultado de escuchar bien es saber, antes y con detalle, que no lo va a haber.

Lo que sí hace es eliminar la sorpresa. Y en la mayoría de los conflictos que hemos visto de cerca, el coste no venía del desacuerdo, sino de haberlo descubierto tarde.

Los cuatro momentos comparten una prueba, y es la única que importa: qué se hace distinto gracias a lo que se ha escuchado. Si la respuesta es nada, lo que se ha encargado no es escucha, es documentación.

De ahí que la pregunta útil para una organización no sea si tiene un plan de comunicación —lo tiene— sino cuál fue la última vez que cambió algo relevante porque alguien de fuera se lo dijo. Y si cuesta encontrar la respuesta, probablemente el problema no esté en cómo se comunica.

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